jueves, 7 de agosto de 2014

¿A dónde van los monstruos? Parece ser que los verdaderos monstruos no tiene nombre, no tienen cara, no tiene familia, no tienen amigos... no hay nada que poner en su lápida, ni quién la visite, pero existen dentro de nosotros y dentro de los que queremos o decimos querer. A veces parece que el sentimiento de amor nunca existió en primer lugar, que son sólo palabras que uno dice cuando no puede explicar lo que le pasa, de qué otro modo somos capaces de perseguir nuestros más intrínsecos deseos oscuros, nuestra sed de sangre, sangre ajena.... Después de todo, cualquier crimen está perdonado si es por amor, es incluso fomentado.
Tal vez el amor es simplemente nuestra manera de expresar este monstruo que llevamos dentro, una manera más positiva de sobrellevar nuestra naturaleza asesina. La mejor manera de mimetizar el animal es educándolo, educándolo a fingir comportamientos que pueden ser interpretados como sentimientos, pero el sentimiento nunca estuvo ahí y nunca lo estará. 
Entonces llega el momento en que el animal entrenado muestra las señales adecuadas y el hombre ilusionado observa los sentimientos esperados, pero ambos saben que es un acto, una gran obra de arte. Ambos saben lo que llevan dentro, sólo que uno no tiene nada que perder y el otro tiene todo que dar, es entonces que tememos al monstruo, al monstruo entrenable e insensible, al monstruo que llevamos dentro. La verdadera pregunta no es ¿A dónde van los monstruos? sino, ¿Por qué están ahí en primer lugar?.... tan indeseable y aterrorizante es la verdad como es fascinante. El monstruo somos todos, y los demás somos su alimento.

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